Desaparecida

Tropezar con uno de esos carteles que Emma y tú pegasteis por toda la ciudad parece algo irreal, casi surrealista, ¿verdad? Y que aún resista en un muro de las afueras es tan molesto que intentas hacerlo desaparecer de tu vista, pero solo consigues rasgar los últimos cuatro números del fijo que ya no tenéis. También has cercenado la mitad del rostro de tu hija, así que no te queda más remedio que buscar un pliegue en alguno de los carteles que lo rodean. Lo encuentras en una esquina del papel descolorido de un concierto de Jorge Drexler, y tiras, por supuesto que tiras, y ahora lo haces con la precisión de la experiencia; arrastras las esquelas de cotillones, mercadillos de discos de vinilo y circos mundiales y, con ellas, lo que quedaba de Sandra. Quedan al descubierto los restos de otro tiempo y te imaginas entonces; os imaginas, cuando ella salía por la puerta de casa hacia el centro comercial. Vamos; desperézate, levántate del sofá, coge las llaves del coche para acercarla. Esta vez sí. Y mientras esperáis al ascensor, aprovecha para preguntarle qué película verá con sus amigas.

(Relato ganador del mes de febrero y finalista anual del VIII edición del Microconcurso convocado por la Microbiblioteca).

Censura

Por fin había encontrado algo bueno, muy bueno, y lo aprovechaba para sacudírmela frenéticamente, con un ojo puesto en la novela y el otro en la puerta de mi despacho. El rastro sinuoso me había llevado hasta el cuartucho de aquella tal Trix Miranda y después hasta sus bragas, y la estaba lamiendo de arriba a abajo cuando, ahogando un grito de culpa, me corrí entre las páginas 43 y 44. Mientras aguzaba el oído para adelantarme a la visita inesperada de algún compañero, limpié la escena, me peiné y coloqué otro pañuelo en el bolsillo de mi americana. Luego anoté aquellas páginas en el registro y catalogué el libro como correspondía, sobre la pila de ejemplares censurados. Cogí otro para empezar a revisarlo, aunque no recuerdo apenas nada de él, solo el aroma a sábanas sucias que tardó meses en abandonar el despacho.

(Relato que llegó a las deliberaciones finales en la categoría de castellano en la convocatoria de abril del Micro concurs de la Microbiblioteca)

Con vuestro permiso…

… hoy me permito escribir sobre mí. Bueno, en realidad sobre el tercer número de la colección “Lenguas de ornitorrinco” (Zaera Silvar) en la que tengo la suerte de publicar mi primer libro. Se titula “Hierba veloz y púrpura” y contiene 111 microrrelatos que he ido recopilando en estos años de andadura, la mayoría de ellos inéditos.

A costa de parecer un poco cursi, es un sueño hecho realidad.

Y también aprovecho para daros las gracias a tod@s l@s que seguís mi blog. De verdad, muchas gracias por leerme.

Asier.

Crisis existencial

Los padres de Tomas insistían en recuperar al estúpido de su hijo para la causa aristotélica. Aquella situación era muy frustrante para ellos, que siempre habían caminado por los senderos del empirismo en familia, pero, desde el accidente, Tomás había virado hacia el racionalismo más radical. Parecía no querer practicar la observación ni asimilar aquella nueva realidad, así que ahora sus padres se pasaban el día discutiendo con él; «Es solo una fase rebelde», razonaban para tratar de calmarse cuando lo veían flotar por los pasillos gritando «¡Cogito ergo sum, cogito ergo sum!». Su madre le hubiese dado un buen bofetón de no ser ella tan ponderada y ambos tan etéreos.

 

(Relato finalista en la semana 19 del concurso Relatos en cadena, edición XII).

 

 

La partitura de Pau

Leticia y yo seguimos sentados en nuestro Corvette, rígidos como dos maniquíes. Varados en el arcén. Las luces de emergencia parpadean en nuestras esquinas y algunos coches nos envuelven con sus gritos. Sonido de claxon en pasado, presente y futuro: la partitura del efecto Doppler. El sonido podría ser un participio, pero se comporta como un violento tictac si no tienes nada más que decir. Es agudo cuando está llegando, el gozne de la puerta de una casa que se abre por primera vez. Todo por llenar de muebles.

La voz de un niño también es aguda.

La de Pau lo era.

Los coches nos sobrepasan rápidamente en esta carretera nacional. Inventan estelas de colores. Nos muestran el sentido del ruido, horizontal y más grave según se aleja. Pasa de largo una ambulancia que nos trae el recuerdo de aquella otra sirena atronadora. Leticia me aseguró que superaríamos lo de Pau y me lo creí. Los dos nos lo creímos hasta que el camino asfaltado se nos ha acabado de golpe. El kilómetro 63 nos ha sorprendido justo aquí, constatando el puto efecto Doppler, en silencio, porque nunca he visto un maniquí que hable ni llore por su hijo.

 

(Relato mencionado en la última convocatoria de 2018 de Esta noche te cuento. Las historias debían estar basada en la foto de Robert Doisneau)

 

La siembra

Mientras contemplaba cómo llevaban al cadalso al último candidato a cliente del día, hice un cálculo rápido de las dimensiones del ataúd que necesitaría. Así, en cuanto rodó su cabeza, comencé a seguir por la plaza el rastro del llanto desconsolado hasta localizar a la reciente viuda y sus siete hijos. Entonces me presenté, les transmití mis condolencias y ofrecí unos servicios funerarios que ella rechazó entre sollozos. Suele ocurrir con las familias humildes. Y es que no siempre se acierta en este negocio; seleccionar víctimas de buena posición ya resulta suficientemente complicado como para —además— predecir quién pagará por el crimen. Ni que yo fuese adivino.

 

(Relato finalista en la semana 13 del concurso Relatos en cadena, edición XII).

Proceso de comunicación

¿Me oyes?, pronuncia el emisor, de pie y con una mano apoyada en el cristal de la cabina telefónica. Esas dos palabras llegan hasta el micrófono del auricular que sujeta con firmeza y salen disparadas por la red. A pesar de que solo cincuenta metros separan ambos extremos, la frase recorre cientos de kilómetros de cableado y ondas electromagnéticas para reproducirse al otro lado, en un móvil. El mensaje es claro, la voz no pierde ni un ápice de personalidad; es reconocible para la receptora que, ovillada en el suelo del baño de su casa, se mantiene en silencio.

(Relato finalista en la semana 2 del concurso Relatos en cadena, edición XII).