Crisis existencial

Los padres de Tomas insistían en recuperar al estúpido de su hijo para la causa aristotélica. Aquella situación era muy frustrante para ellos, que siempre habían caminado por los senderos del empirismo en familia, pero, desde el accidente, Tomás había virado hacia el racionalismo más radical. Parecía no querer practicar la observación ni asimilar aquella nueva realidad, así que ahora sus padres se pasaban el día discutiendo con él; «Es solo una fase rebelde», razonaban para tratar de calmarse cuando lo veían flotar por los pasillos gritando «¡Cogito ergo sum, cogito ergo sum!». Su madre le hubiese dado un buen bofetón de no ser ella tan ponderada y ambos tan etéreos.

 

(Relato finalista en la semana 19 del concurso Relatos en cadena, edición XII).

 

 

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La partitura de Pau

Leticia y yo seguimos sentados en nuestro Corvette, rígidos como dos maniquíes. Varados en el arcén. Las luces de emergencia parpadean en nuestras esquinas y algunos coches nos envuelven con sus gritos. Sonido de claxon en pasado, presente y futuro: la partitura del efecto Doppler. El sonido podría ser un participio, pero se comporta como un violento tictac si no tienes nada más que decir. Es agudo cuando está llegando, el gozne de la puerta de una casa que se abre por primera vez. Todo por llenar de muebles.

La voz de un niño también es aguda.

La de Pau lo era.

Los coches nos sobrepasan rápidamente en esta carretera nacional. Inventan estelas de colores. Nos muestran el sentido del ruido, horizontal y más grave según se aleja. Pasa de largo una ambulancia que nos trae el recuerdo de aquella otra sirena atronadora. Leticia me aseguró que superaríamos lo de Pau y me lo creí. Los dos nos lo creímos hasta que el camino asfaltado se nos ha acabado de golpe. El kilómetro 63 nos ha sorprendido justo aquí, constatando el puto efecto Doppler, en silencio, porque nunca he visto un maniquí que hable ni llore por su hijo.

 

(Relato mencionado en la última convocatoria de 2018 de Esta noche te cuento. Las historias debían estar basada en la foto de Robert Doisneau)

 

La siembra

Mientras contemplaba cómo llevaban al cadalso al último candidato a cliente del día, hice un cálculo rápido de las dimensiones del ataúd que necesitaría. Así, en cuanto rodó su cabeza, comencé a seguir por la plaza el rastro del llanto desconsolado hasta localizar a la reciente viuda y sus siete hijos. Entonces me presenté, les transmití mis condolencias y ofrecí unos servicios funerarios que ella rechazó entre sollozos. Suele ocurrir con las familias humildes. Y es que no siempre se acierta en este negocio; seleccionar víctimas de buena posición ya resulta suficientemente complicado como para —además— predecir quién pagará por el crimen. Ni que yo fuese adivino.

 

(Relato finalista en la semana 13 del concurso Relatos en cadena, edición XII).

Proceso de comunicación

¿Me oyes?, pronuncia el emisor, de pie y con una mano apoyada en el cristal de la cabina telefónica. Esas dos palabras llegan hasta el micrófono del auricular que sujeta con firmeza y salen disparadas por la red. A pesar de que solo cincuenta metros separan ambos extremos, la frase recorre cientos de kilómetros de cableado y ondas electromagnéticas para reproducirse al otro lado, en un móvil. El mensaje es claro, la voz no pierde ni un ápice de personalidad; es reconocible para la receptora que, ovillada en el suelo del baño de su casa, se mantiene en silencio.

(Relato finalista en la semana 2 del concurso Relatos en cadena, edición XII).

Mundo subterráneo

Prefiero las ratas porque, aunque lentas, son de fiar. El resto prefiere tirarles huesos a los caimanes para que se los traigan, luego los acarician y claro, así a casi todos les faltan dedos. Por suerte sólo se necesitan dos para jugar a los bolos con una calavera de las redonditas, de las de abuela. Al quién es quién, sin embargo, pueden jugar hasta los mancos. Cronometramos un minuto de lloriqueos, cada uno hace su apuesta y después les preguntamos cómo se llaman a través de la alcantarilla. Los muy ilusos siempre nos hacen prometerles, antes de responder, que los dejaremos entrar.

(Relato finalista anual de Relatos en cadena, edición XI).

Conjeturas

Con los pies a remojo mientras pescaban en el río con un palo por caña, los calzoncillos enrollados hasta las rodillas y el rostro bañado por el sol de septiembre, aquellos soldados podrían haber pasado por dos campesinos. Y por el mismo proceso deductivo del ser humano, los dos hombres que habían esperado escondidos entre los arbustos para robarles los caballos y los uniformes y que poco después cabalgaban por un camino de tierra, que reían su hazaña, se asemejaban lo suficiente a dos cabos del bando rival si eran avistados a través de la mira de un rifle.

(Relato finalista de la XI edición de Relatos en cadena, semana 18).

Negativo por negativo

No salió bien, la idea no salió bien porque gris y ceniza no pueden crear nada en color, porque si tú me prometes por dos veces que mi número de ocho horas al día es brillante, no me lo creeré. Como no me lo creí la primera vez. Así que olvidemos la teoría matemática, rotunda, que asegura que una cifra negativa multiplicada por otra dará como resultado un sonrosado positivo. Porque ya es suficiente humillación tomar café en la barra del bar todas las mañanas siendo un payaso vestido de payaso, rodeado de payasos disfrazados de gente normal. Ellos tienen el rostro tatuado de maquillaje blanco, azul, rojo y por encima se esparcen polvos color carne, muecas como las de las fotografías en sepia de la pared, pero todos dejamos un cerco en la taza y posos en el fondo que no somos capaces de descifrar. Solo a veces entra aquí alguien que pide un capuchino para llevar, que anda como si no le molestase una costura bajo su segundo pantalón. Nervioso, se ajusta la corbata y mira su reloj, se nota a la legua que disimula, que llega con tiempo de sobra al circo.

 

(Relato seleccionado en la primera convocatoria de 2018 de Esta noche te cuento basada en la foto de Thomas Hoepker).