Simulacros

Otra vez suenan las sirenas, sacando al pueblo entero de su letargo. Sus habitantes corren a reunirse en el búnker y allí esperan a que el alcalde dé la orden para regresar a sus hogares, o al Teleclub, donde comentan lo importante que fue construir ese refugio. Cuando esto ocurre, las parejas hacen el amor como si fuese su última oportunidad, los niños juegan hasta tarde en la calle y los viejos devoran la novela que tienen entre manos; todos celebran estar vivos y se prometen no volver a olvidar lo afortunados que son, aunque la guerra haya acabado hace años.

(Relato finalista de la XI edición de Relatos en cadena, semana 2).

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La reserva

Entierra la azada, sin ganas, con la convicción de que cualquier avance será borrado por la noche y la tierra sustituida por otra nueva. Aunque tiene que continuar labrando, el grupo tras la cristalera le observa, así que levanta los brazos, inspira, hunde de nuevo la herramienta y se limpia el sudor de la frente con un gesto estudiado. “Oh”, “argg”, o “mirad, está transpirando” escucha entre el sonido de flashes. Pero la atención dura poco, el guía indica a la visita de las cuatro que, en breves momentos, comenzará el número estrella en el pajar.

 

(Relato finalista semanal de Relatos con banda sonora, semana 5, canción: “Me and the farmer”).

Los días dorados

Nuestros veranos son siempre de tres semanas, como aquel primero, y cada año recreamos paso a paso sus veintiún días. Nos cruzamos en la playa, él simula torcerse el tobillo y yo le ayudo a llegar hasta el socorrista, que a veces nos conoce y nos sigue el juego. Nuestros padres ya no vienen a separarnos así que el resto de acontecimientos transcurren algo más rápido. Incluso utilizamos los mismos diálogos, aunque percibo que él acumula frases pendientes en la comisura de los labios. Y bailamos, bailamos como adolescentes, todo lo acompasadamente que nuestras respectivas artritis nos permiten.

 

(Relato finalista semanal de Relatos con banda sonora, descartado por mí al tener dos seleccionados en la semana 4, canción: “Amanecer”).

 

Trance

Seguimos haciendo las mismas cosas que hacíamos antes de aquel espectáculo al que Eva se prestó. La única diferencia es ese molesto silencio cada vez que rodeamos un teatro, o el volver la vista al unísono, como en un partido de tenis, si nos topamos con el cartel de un mentalista. Entonces siempre aceleramos el paso aunque alguno de los dos tenga un cordón suelto, porque así, cualquier día de estos, olvidaremos eso que ella no piensa de verdad.

(Relato finalista semanal de Relatos con banda sonora, semana 4, canción: “Hoy quiero confesar”).

 

Lo que nos une

Piedade ya me devoraba con la mirada antes de conocernos, desde aquel taburete del bar. Poco después descubrí que se comía las íes al hablar y, tras unos minutos de cortejo, se lanzó a morder mi nariz. Pensé que se trataba de un arrebato pasional, pero en el transcurso de nuestro noviazgo he ido perdiendo algunas partes de mi cuerpo que me facilitaban la vida. Ella, sin embargo, no parece haber tenido suficiente y busca con desesperación mi último pulgar, el izquierdo. Está encaprichada. Yo me niego y lo escondo en el bolsillo, por mantener su interés más que nada.

 

(Relato finalista semanal de Relatos con banda sonora, semana 1, canción “Galicia Caníbal”).

De monedas y billetes pequeños

Cuando entré en casa, Thor se abalanzó sobre mí hasta casi hacerme caer. Olía a cerrado y sonaba Fly me to the moon de fondo.

—Ya estoy aquí, ¿no has sacado a Thor? —pregunté, algo sofocada, mientras encendía la luz de la cocina con el codo.

—¡Hola, peque! —gritó Nando en el salón—. ¡Ven, tienes que ver esto!

Thor olisqueaba las bolsas, aunque no había traído sus galletas; aquella semana el ascensor estaba averiado y teníamos que dosificar el peso en cada visita al súper. Dejé la compra sobre la mesa, tiré a la basura las cuatro latas de cerveza vacías que encontré en el fregadero y abrí la nevera en busca de una para mí. Recuerdo que eché de menos cuestionarme si el interior estaría iluminado todo el rato, como cuando era pequeña y creía que el mundo giraba alrededor mío. Decidí tomarme la cerveza antes de guardar las cosas.

—Mira el email que me han mandado, peque —me soltó Nando tan pronto aparecí por el salón. Él estaba en calzoncillos y nuestra relación, en esa fase en la que ya no buscábamos impresionarnos—. ¿A que esta tortuga es clavadita a Chenoa?

—Claro —concedí—. He traído tu champú anticaída.

—Gracias… ¡es que son iguales!

Yo sabía que a Nando siempre le había gustado Chenoa, pero resultó extraño que empezase a subir su mano por mi muslo mientras media pantalla mostraba el primer plano de un reptil. Un “ahora no me apetece” más tarde, me alejé del ordenador, de Nando, y comencé a juguetear con nuestra hucha de los viajes. Aquel cerdito de cerámica azul que compramos en el chino. Se escuchó el ajetreo de monedas superpuesto al de Thor arañando la puerta de la entrada.

—Hoy he metido otros cinco euros —dijo él, sin volverse, al adivinar lo que estaba pensando—. A este ritmo, en unos pocos meses tendremos bastante para el vuelo.

Había prometido lo mismo unos pocos meses atrás.

—Y he encontrado un hotel muy bien situado —continuó—. Tiene 79 puntos y cancelación gratuita.

Entonces dejé la hucha en su sitio y miré la pantalla. Ya no quedaba ni rastro de Chenoa, ni de la tortuga. Nando había ampliado una ventana y el póster del Empire State sobre él, hacía que la escena fuese parecida a la de los probadores con espejos. La imagen se reproducía a escala. El póster, la foto del fondo de pantalla, la ventana emergente que ocupaba una cuarta parte del monitor: todo allí era Nueva York. Me recordó a esas palabras que, de tanto repetirse, dejan de tener sentido.

Thor seguía arañando la puerta así que saqué la correa del armario y se la puse. Comenzó a calmarse. Murmuré “vuelvo en diez minutos”, cerré la puerta y empecé a descontar escalones hasta el portal. En el camino caí en la cuenta de que la merluza estaría descongelándose dentro de la bolsa, que nunca habíamos roto ninguna hucha juntos.

Que su nombre sonaba a gerundio.

Nando, Nando, Nandonandonandonando

 

(Relato clasificado en tercera posición de la final de campeones del certamen #DoReMicrosViajero de Me suenan tus letras. Tema: VIAJES)

Gananciales

Hoy he vuelto a caer en una web de contactos en la que me di de alta hace años —una noche de copas y repentino pánico a morir solo— y que olvidé a la mañana siguiente. Ha sucedido tras pinchar en un banner y recuperar la contraseña; entonces una tal Andrea26 ha aparecido en una ventana emergente, enfurecida, y me ha recriminado que si me parece normal regresar así, como si nada. Para colmo, le ha sentado fatal que preguntase por el nombre de los niños.

En resumen: los cuatro se mudan a casa mañana y yo, a un hotel.

 

(Relato finalista del concurso Wonderland de RNE).