Proceso de comunicación

¿Me oyes?, pronuncia el emisor, de pie y con una mano apoyada en el cristal de la cabina telefónica. Esas dos palabras llegan hasta el micrófono del auricular que sujeta con firmeza y salen disparadas por la red. A pesar de que solo cincuenta metros separan ambos extremos, la frase recorre cientos de kilómetros de cableado y ondas electromagnéticas para reproducirse al otro lado, en un móvil. El mensaje es claro, la voz no pierde ni un ápice de personalidad; es reconocible para la receptora que, ovillada en el suelo del baño de su casa, se mantiene en silencio.

(Relato finalista en la semana 2 del concurso Relatos en cadena, edición XII).

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Mundo subterráneo

Prefiero las ratas porque, aunque lentas, son de fiar. El resto prefiere tirarles huesos a los caimanes para que se los traigan, luego los acarician y claro, así a casi todos les faltan dedos. Por suerte sólo se necesitan dos para jugar a los bolos con una calavera de las redonditas, de las de abuela. Al quién es quién, sin embargo, pueden jugar hasta los mancos. Cronometramos un minuto de lloriqueos, cada uno hace su apuesta y después les preguntamos cómo se llaman a través de la alcantarilla. Los muy ilusos siempre nos hacen prometerles, antes de responder, que los dejaremos entrar.

(Relato finalista anual de Relatos en cadena, edición XI).

Conjeturas

Con los pies a remojo mientras pescaban en el río con un palo por caña, los calzoncillos enrollados hasta las rodillas y el rostro bañado por el sol de septiembre, aquellos soldados podrían haber pasado por dos campesinos. Y por el mismo proceso deductivo del ser humano, los dos hombres que habían esperado escondidos entre los arbustos para robarles los caballos y los uniformes y que poco después cabalgaban por un camino de tierra, que reían su hazaña, se asemejaban lo suficiente a dos cabos del bando rival si eran avistados a través de la mira de un rifle.

(Relato finalista de la XI edición de Relatos en cadena, semana 18).

Negativo por negativo

No salió bien, la idea no salió bien porque gris y ceniza no pueden crear nada en color, porque si tú me prometes por dos veces que mi número de ocho horas al día es brillante, no me lo creeré. Como no me lo creí la primera vez. Así que olvidemos la teoría matemática, rotunda, que asegura que una cifra negativa multiplicada por otra dará como resultado un sonrosado positivo. Porque ya es suficiente humillación tomar café en la barra del bar todas las mañanas siendo un payaso vestido de payaso, rodeado de payasos disfrazados de gente normal. Ellos tienen el rostro tatuado de maquillaje blanco, azul, rojo y por encima se esparcen polvos color carne, muecas como las de las fotografías en sepia de la pared, pero todos dejamos un cerco en la taza y posos en el fondo que no somos capaces de descifrar. Solo a veces entra aquí alguien que pide un capuchino para llevar, que anda como si no le molestase una costura bajo su segundo pantalón. Nervioso, se ajusta la corbata y mira su reloj, se nota a la legua que disimula, que llega con tiempo de sobra al circo.

 

(Relato seleccionado en la primera convocatoria de 2018 de Esta noche te cuento basada en la foto de Thomas Hoepker).

El orden de las cosas

Me hacía preguntas constantemente, supongo que como tú. Como todo el mundo. Unas eran recurrentes (si de mayor te parecerías a tu madre, en qué año acabaríamos de pagar la hipoteca, cuándo conseguiría mi Atleti, por fin, una Champions…), pero de un tiempo a esta parte, otras, más circunstanciales, empezaron a asaltar mi cabeza: ¿cuántas camas tiene el Ramón y Cajal?, ¿ganarás la luz de un nuevo día?, ¿deberíamos donar tus órganos?, ¿cuánto tardará mi cuerpo en caer desde el balcón?

He averiguado que las nuevas se resuelven antes y que algunas de sus respuestas están en la Wikipedia.

(Relato ganador del concurso “Ganarás la luz” organizado por Escuela de Escritores, Ayuntamiento de Madrid y la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas).

Nos(otros)

Y se ríe, papá se ríe todo el rato gracias a la careta que venía con las pastillas naranjas. Yo he preferido fabricarme una de felicidad más contenida siguiendo las instrucciones del tutorial de YouTube. También te dan unas frases a juego para que tus padres no sospechen. Mamá es la única que ha optado por una expresión de sorpresa, como de muñeca hinchable. No sé de dónde la ha sacado, pero debería pensar en hacerse los agujeros de los ojos porque ahora siempre choca con los muebles de casa. Además, se la oye llorar por debajo y se va a ahogar.

 

(Relato finalista de la XI edición de Relatos en cadena, semana 7).

Coto de caza

La batalla de los Pernía, estirpe de cazadores, ha inaugurado su lista de bajas con doña Leonor, a la que enseguida se ha sumado Ausencias, que, infartada, muestra sus vergüenzas sobre la alfombra persa después de asfixiar a su cuñada con el pañal. La han seguido Tomás (fallecido por múltiples trayectorias de abrecartas), Gemma (impacto de butaca) y Roberto, el mayor de los tres hermanos, al que sus sobrinos han arrojado por el balcón. Así pues, ya solo restan dos contendientes y ambos forman parte de la zona baja del árbol genealógico; enfrentados en el salón, Ana esgrime una lanza con punta de piedra tallada y Tommy, una daga de la colección familiar. Por el momento parecen obviar la presencia del abogado, quien, escondido tras el león disecado, mastica esforzadamente el testamento; está a punto de tragarse la última voluntad de don Matías, cláusula 3b, relativa al heredero universal.

 

(Relato ganador del certamen “León en piedra 2017” para no asistentes a la quedada).