El farero

Por eso enciendo el faro. Así, incluso el más despistado es capaz de recorrer el último tramo sin perderse. Pero hasta entonces cualquiera puede confundir el rumbo. Es sinuoso, traicionero. Acuérdate de los martes que desperdiciaste en aquellas clases de yudo, cuando, a la misma hora, el taller de lectura estaba repleto de chicas muriéndose de aburrimiento; las mismas que querías impresionar con tus llaves recién aprendidas. O las noches que pasaste en vela, decidiendo si aceptar o no la beca en el laboratorio de Casablanca. La lista de pros y contras que preparaste, exprimiéndote las neuronas para engordar la columna de la derecha: tu francés, nivel medio, la humedad, tan perjudicial para tus alergias…, y la satisfacción en la cara de tus padres a la mañana siguiente cuando les confirmaste que te quedarías en la farmacia. Esa fue la única razón que anotaste en la columna de la izquierda, ¿no es así?

Y luego está Gemma, que caminaba treinta minutos hasta vuestra farmacia, a la que veías mover los botes de agua oxigenada con aire distraído. Creías que era una chica educada que siempre cedía el turno pero ella buscaba quedarse a solas contigo. Era entonces cuando empezaba a juguetear con su melena pelirroja y compraba tiritas, y te preguntaba si la rebotica era bonita, o si habías oído hablar de esos “escarabajos ingleses”, ¿lo recuerdas? La última vez que la viste mencionó que su prima le había traído de Londres uno de sus discos, ese que evitaste escuchar con ella.

Por tu expresión veo que todavía no sabes a dónde quiero llegar, ¿me equivoco? No te preocupes, ya casi está.

Piensa por qué has pasado las tardes rodeado de placas de Petri. Por qué devorabas revistas de Medicina mientras tu reloj de arena devoraba horas y años. Siempre pensaste que tendrías todo el tiempo del mundo para averiguar cuál era tu sueño, ese que se te resistía, ¿no es cierto? Hasta esta noche, cuando finalmente has decidido subirte a la silla. Aunque el cuándo tampoco es relevante, podría haber ocurrido hace semanas. El cultivo de bacterias no hubiese notado tu ausencia. Ni Gemma, que ahora mismo pasea a tres calles de distancia escuchando a Iván Ferreiro, con su melena blanca reflejando la luz de las farolas; ella siempre ha sido una soñadora. Sonaba Turnedo en sus auriculares cuando tú todavía repasabas las dos columnas de tu vida y ese inoportuno estornudo te hizo perder el equilibrio. Sí, tu alergia al polvo ha acabado contigo.

Y eso es todo lo que queda de tu paso, balanceándose en medio del salón, suspendido de un cinturón de yudo amarillo-naranja. Has pasado tan cerca que no lo viste: las tormentas eléctricas de Casablanca, una botella de vino vertida en la alfombra, Teo, María, sus primeras palabras, o perderte en constelaciones de pecas mientras suena Abbey Road.

Ahora sí que lo ves, ¿verdad? Bien, entonces ya estás preparado. Ya tienes tu sueño, tu faro encendido. Y todo el tiempo del mundo.

 

(Relato clasificado en segundo puesto del concurso #DoReMicrosViajero de Me suenan tus letras. Tema: SUEÑOS)

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