La reserva

Entierra la azada, sin ganas, con la convicción de que cualquier avance será borrado por la noche y la tierra sustituida por otra nueva. Aunque tiene que continuar labrando, el grupo tras la cristalera le observa, así que levanta los brazos, inspira, hunde de nuevo la herramienta y se limpia el sudor de la frente con un gesto estudiado. “Oh”, “argg”, o “mirad, está transpirando” escucha entre el sonido de flashes. Pero la atención dura poco, el guía indica a la visita de las cuatro que, en breves momentos, comenzará el número estrella en el pajar.

 

(Relato finalista semanal de Relatos con banda sonora, semana 5, canción: “Me and the farmer”).

Anuncios

Los días dorados

Nuestros veranos son siempre de tres semanas, como aquel primero, y cada año recreamos paso a paso sus veintiún días. Nos cruzamos en la playa, él simula torcerse el tobillo y yo le ayudo a llegar hasta el socorrista, que a veces nos conoce y nos sigue el juego. Nuestros padres ya no vienen a separarnos así que el resto de acontecimientos transcurren algo más rápido. Incluso utilizamos los mismos diálogos, aunque percibo que él acumula frases pendientes en la comisura de los labios. Y bailamos, bailamos como adolescentes, todo lo acompasadamente que nuestras respectivas artritis nos permiten.

 

(Relato finalista semanal de Relatos con banda sonora, descartado por mí al tener dos seleccionados en la semana 4, canción: “Amanecer”).

 

Trance

Seguimos haciendo las mismas cosas que hacíamos antes de aquel espectáculo al que Eva se prestó. La única diferencia es ese molesto silencio cada vez que rodeamos un teatro, o el volver la vista al unísono, como en un partido de tenis, si nos topamos con el cartel de un mentalista. Entonces siempre aceleramos el paso aunque alguno de los dos tenga un cordón suelto, porque así, cualquier día de estos, olvidaremos eso que ella no piensa de verdad.

(Relato finalista semanal de Relatos con banda sonora, semana 4, canción: “Hoy quiero confesar”).

 

Lo que nos une

Piedade ya me devoraba con la mirada antes de conocernos, desde aquel taburete del bar. Poco después descubrí que se comía las íes al hablar y, tras unos minutos de cortejo, se lanzó a morder mi nariz. Pensé que se trataba de un arrebato pasional, pero en el transcurso de nuestro noviazgo he ido perdiendo algunas partes de mi cuerpo que me facilitaban la vida. Ella, sin embargo, no parece haber tenido suficiente y busca con desesperación mi último pulgar, el izquierdo. Está encaprichada. Yo me niego y lo escondo en el bolsillo, por mantener su interés más que nada.

 

(Relato finalista semanal de Relatos con banda sonora, semana 1, canción “Galicia Caníbal”).

Gananciales

Hoy he vuelto a caer en una web de contactos en la que me di de alta hace años —una noche de copas y repentino pánico a morir solo— y que olvidé a la mañana siguiente. Ha sucedido tras pinchar en un banner y recuperar la contraseña; entonces una tal Andrea26 ha aparecido en una ventana emergente, enfurecida, y me ha recriminado que si me parece normal regresar así, como si nada. Para colmo, le ha sentado fatal que preguntase por el nombre de los niños.

En resumen: los cuatro se mudan a casa mañana y yo, a un hotel.

 

(Relato finalista del concurso Wonderland de RNE).

Inocentes

El alcalde Garland sospecha de Harry, el sheriff, quien, a su vez, lo hace del doctor Lawrence, el psiquiatra. Este, bloc de notas en mano, escucha con recelo las historias de Norma, la propietaria de la cafetería donde todo el mundo se mira de reojo cada tarde. Yo suelo pedir un café doble y disfruto de la música mientras pienso en Laura, en sus últimas palabras. Y, de vez en cuando, también miro a los lados de la barra; escruto al resto y pongo cara de no saber quién es el asesino.

 

(Relato clasificado en tercer lugar de la primera edición del concurso Relatos en serie de la Cadena Ser. Serie: Twin Peaks).

 

Chivo expiatorio

Sacamos la figura de la sacristía de noche, aprovechando que Fran era monaguillo y había escamoteado un juego de llaves. La transportamos en la parte trasera de la furgoneta del padre de Roque y llegamos a la nave de trigo abandonada cuando ya amanecía. Tras apoyarla contra la tapia, observamos aquella escultura fuera de la iglesia por primera vez en nuestra vida: la corona de espinas, las llagas que parecían sangrar de verdad y los ojos tristes que nos miraban desde lo alto. Esos que todo lo veían. Marcos, situado a mi lado, siempre era el más valiente y fue el primero en tomar un canto del suelo. Dijo que lo había visto hacer en una película, en un cine de barrio de Barcelona, y el resto lo imitamos. Como un pelotón de fusilamiento, elevamos cada uno nuestro brazo más desarrollado, empuñando la piedra con la mano que sofocaba los bofetones de nuestras madres. Esa misma mano impía con la que pecábamos.

 

(Microrrelato que llegó a las deliberaciones finales en la categoría en castellano de la convocatoria de abril de la Microbiblioteca).