Lo que nos une

Piedade ya me devoraba con la mirada antes de conocernos, desde aquel taburete del bar. Poco después descubrí que se comía las íes al hablar y, tras unos minutos de cortejo, se lanzó a morder mi nariz. Pensé que se trataba de un arrebato pasional, pero en el transcurso de nuestro noviazgo he ido perdiendo algunas partes de mi cuerpo que me facilitaban la vida. Ella, sin embargo, no parece haber tenido suficiente y busca con desesperación mi último pulgar, el izquierdo. Está encaprichada. Yo me niego y lo escondo en el bolsillo, por mantener su interés más que nada.

 

(Relato finalista semanal de Relatos con banda sonora, semana 1, canción “Galicia Caníbal”).

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De monedas y billetes pequeños

Cuando entré en casa, Thor se abalanzó sobre mí hasta casi hacerme caer. Olía a cerrado y sonaba Fly me to the moon de fondo.

—Ya estoy aquí, ¿no has sacado a Thor? —pregunté, algo sofocada, mientras encendía la luz de la cocina con el codo.

—¡Hola, peque! —gritó Nando en el salón—. ¡Ven, tienes que ver esto!

Thor olisqueaba las bolsas, aunque no había traído sus galletas; aquella semana el ascensor estaba averiado y teníamos que dosificar el peso en cada visita al súper. Dejé la compra sobre la mesa, tiré a la basura las cuatro latas de cerveza vacías que encontré en el fregadero y abrí la nevera en busca de una para mí. Recuerdo que eché de menos cuestionarme si el interior estaría iluminado todo el rato, como cuando era pequeña y creía que el mundo giraba alrededor mío. Decidí tomarme la cerveza antes de guardar las cosas.

—Mira el email que me han mandado, peque —me soltó Nando tan pronto aparecí por el salón. Él estaba en calzoncillos y nuestra relación, en esa fase en la que ya no buscábamos impresionarnos—. ¿A que esta tortuga es clavadita a Chenoa?

—Claro —concedí—. He traído tu champú anticaída.

—Gracias… ¡es que son iguales!

Yo sabía que a Nando siempre le había gustado Chenoa, pero resultó extraño que empezase a subir su mano por mi muslo mientras media pantalla mostraba el primer plano de un reptil. Un “ahora no me apetece” más tarde, me alejé del ordenador, de Nando, y comencé a juguetear con nuestra hucha de los viajes. Aquel cerdito de cerámica azul que compramos en el chino. Se escuchó el ajetreo de monedas superpuesto al de Thor arañando la puerta de la entrada.

—Hoy he metido otros cinco euros —dijo él, sin volverse, al adivinar lo que estaba pensando—. A este ritmo, en unos pocos meses tendremos bastante para el vuelo.

Había prometido lo mismo unos pocos meses atrás.

—Y he encontrado un hotel muy bien situado —continuó—. Tiene 79 puntos y cancelación gratuita.

Entonces dejé la hucha en su sitio y miré la pantalla. Ya no quedaba ni rastro de Chenoa, ni de la tortuga. Nando había ampliado una ventana y el póster del Empire State sobre él, hacía que la escena fuese parecida a la de los probadores con espejos. La imagen se reproducía a escala. El póster, la foto del fondo de pantalla, la ventana emergente que ocupaba una cuarta parte del monitor: todo allí era Nueva York. Me recordó a esas palabras que, de tanto repetirse, dejan de tener sentido.

Thor seguía arañando la puerta así que saqué la correa del armario y se la puse. Comenzó a calmarse. Murmuré “vuelvo en diez minutos”, cerré la puerta y empecé a descontar escalones hasta el portal. En el camino caí en la cuenta de que la merluza estaría descongelándose dentro de la bolsa, que nunca habíamos roto ninguna hucha juntos.

Que su nombre sonaba a gerundio.

Nando, Nando, Nandonandonandonando

 

(Relato clasificado en tercera posición de la final de campeones del certamen #DoReMicrosViajero de Me suenan tus letras. Tema: VIAJES)

Gananciales

Hoy he vuelto a caer en una web de contactos en la que me di de alta hace años —una noche de copas y repentino pánico a morir solo— y que olvidé a la mañana siguiente. Ha sucedido tras pinchar en un banner y recuperar la contraseña; entonces una tal Andrea26 ha aparecido en una ventana emergente, enfurecida, y me ha recriminado que si me parece normal regresar así, como si nada. Para colmo, le ha sentado fatal que preguntase por el nombre de los niños.

En resumen: los cuatro se mudan a casa mañana y yo, a un hotel.

 

(Relato finalista del concurso Wonderland de RNE).

Inocentes

El alcalde Garland sospecha de Harry, el sheriff, quien, a su vez, lo hace del doctor Lawrence, el psiquiatra. Este, bloc de notas en mano, escucha con recelo las historias de Norma, la propietaria de la cafetería donde todo el mundo se mira de reojo cada tarde. Yo suelo pedir un café doble y disfruto de la música mientras pienso en Laura, en sus últimas palabras. Y, de vez en cuando, también miro a los lados de la barra; escruto al resto y pongo cara de no saber quién es el asesino.

 

(Relato clasificado en tercer lugar de la primera edición del concurso Relatos en serie de la Cadena Ser. Serie: Twin Peaks).

 

Chivo expiatorio

Sacamos la figura de la sacristía de noche, aprovechando que Fran era monaguillo y había escamoteado un juego de llaves. La transportamos en la parte trasera de la furgoneta del padre de Roque y llegamos a la nave de trigo abandonada cuando ya amanecía. Tras apoyarla contra la tapia, observamos aquella escultura fuera de la iglesia por primera vez en nuestra vida: la corona de espinas, las llagas que parecían sangrar de verdad y los ojos tristes que nos miraban desde lo alto. Esos que todo lo veían. Marcos, situado a mi lado, siempre era el más valiente y fue el primero en tomar un canto del suelo. Dijo que lo había visto hacer en una película, en un cine de barrio de Barcelona, y el resto lo imitamos. Como un pelotón de fusilamiento, elevamos cada uno nuestro brazo más desarrollado, empuñando la piedra con la mano que sofocaba los bofetones de nuestras madres. Esa misma mano impía con la que pecábamos.

 

(Microrrelato que llegó a las deliberaciones finales en la categoría en castellano de la convocatoria de abril de la Microbiblioteca).

 

Grandes esperanzas

Amelia se había fabricado aquellas enormes alas con todo lo que pudo escamotear del trastero. Unió las tapas de los libros de viaje que sus padres guardaban en cajas con restos de veletas y mapas antiguos hasta que la estructura fue lo bastante resistente para batirlas sin que se deformasen. Entonces, decidida, se encaramó al alfeizar de la buhardilla y miró al cielo, apuntando hacia sus sueños antes de saltar. Su madre, alertada por lo vecinos, llegó demasiado tarde para evitarlo; solo pudo ver cómo su pequeña se alejaba de la residencia de los Earhart sobrevolando el océano de espigas.

 

(Relato finalista del concurso Wonderland de RNE).

Teoría de la relatividad

Los cien metros que Jesse Owens recorrió en poco más de diez segundos en Berlín, o los ciento setenta y tres centímetros que medía Adolf Hitler, todo ello es relativo, hijo. Y humano. Desde aquel primer paso en una cueva hace miles de años hasta una detonación en el aire, a seiscientos metros sobre Hiroshima. Y sé que ahora unos kilómetros pueden parecer infinitos a tus ojos, pero son ridículos si se comparan en longitud con la Gran Muralla China. Por eso, mañana, cuando la contemplemos desde el otro lado, esta misma valla te parecerá más corta, y baja. Seguro.

 

(Relato finalista del concurso Wonderland de RNE).