La reserva

Entierra la azada, sin ganas, con la convicción de que cualquier avance será borrado por la noche y la tierra sustituida por otra nueva. Aunque tiene que continuar labrando, el grupo tras la cristalera le observa, así que levanta los brazos, inspira, hunde de nuevo la herramienta y se limpia el sudor de la frente con un gesto estudiado. “Oh”, “argg”, o “mirad, está transpirando” escucha entre el sonido de flashes. Pero la atención dura poco, el guía indica a la visita de las cuatro que, en breves momentos, comenzará el número estrella en el pajar.

 

(Relato finalista semanal de Relatos con banda sonora, semana 5, canción: “Me and the farmer”).

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Los días dorados

Nuestros veranos son siempre de tres semanas, como aquel primero, y cada año recreamos paso a paso sus veintiún días. Nos cruzamos en la playa, él simula torcerse el tobillo y yo le ayudo a llegar hasta el socorrista, que a veces nos conoce y nos sigue el juego. Nuestros padres ya no vienen a separarnos así que el resto de acontecimientos transcurren algo más rápido. Incluso utilizamos los mismos diálogos, aunque percibo que él acumula frases pendientes en la comisura de los labios. Y bailamos, bailamos como adolescentes, todo lo acompasadamente que nuestras respectivas artritis nos permiten.

 

(Relato finalista semanal de Relatos con banda sonora, descartado por mí al tener dos seleccionados en la semana 4, canción: “Amanecer”).

 

Trance

Seguimos haciendo las mismas cosas que hacíamos antes de aquel espectáculo al que Eva se prestó. La única diferencia es ese molesto silencio cada vez que rodeamos un teatro, o el volver la vista al unísono, como en un partido de tenis, si nos topamos con el cartel de un mentalista. Entonces siempre aceleramos el paso aunque alguno de los dos tenga un cordón suelto, porque así, cualquier día de estos, olvidaremos eso que ella no piensa de verdad.

(Relato finalista semanal de Relatos con banda sonora, semana 4, canción: “Hoy quiero confesar”).