Artes y oficios

La foto del abuelo Saturnino boca abajo sobre la mesa del comedor, el humo saliendo de la cocina y el olor a bizcocho quemado; ese fue el resultado de mi revelación. Sin duda, mis padres no lo vieron venir, no sospechaban ni por asomo que yo pudiese ser galerista. Si nosotros somos normales, es lo único que fueron capaces de articular. Al rato, con el aroma a decepción flotando en el aire y después de levantarse en silencio, evitarle aquel bochorno al abuelo y volver a sentarse en el mismo sitio, madre por fin espetó que esto se medica, y que iba a hablar con el párroco. Su imagen se fue perdiendo entre la niebla mientras padre se santiguaba. Para darle un hilo de lógica a la escena, les expliqué —adoptando una actitud de impostada tranquilidad— que hoy en día hay muchos galeristas, que siempre me ha gustado el mundo del arte aunque no les hubiese dicho nada hasta entonces. Madre me preguntó si había estado en alguna de esas exposiciones de las que hablan en los reportajes, con muchos galeristas mezclados. Yo respondí que ser galerista no implica ir de exposición en exposición, que simplemente es un oficio diferente. Ante el nulo impacto de mis argumentos, tragué saliva y abrí la puerta de la terraza para renovar el aire, viciado, y estirar las piernas. Madre también se levantó y comenzó a sacudir el humo con una rodea. Parecía salirle de la cabeza. Y mientras tanto, padre, que seguía inmóvil en el sofá, empezó a dar discretos golpecitos sobre la forma ovalada que madre había dejado en el escay. Deduje que quería que me acercase y así lo hice. Entonces, con una rapidez sorprendente, me agarró del pescuezo y me dijo, al oído, que él no iba a tener un hijo galerista. Ni malabarista tampoco. Que en su época, en el pueblo, a los malabaristas se los apedreaba, que no quería que en su casa se volviese a mencionar esa palabra ni nada relacionado con ese tipo de asuntos. Y eso fue todo, después vimos unos cuantos anuncios en la tele y madre puso la mesa. Cuando nos sentamos a cenar, el retrato ya estaba de pie, apoyado sobre la pata abatible, y el abuelo volvía a observarnos con su mirada de orgullo, transparente, como si allí no hubiese pasado nada. Parece ser que ese cristal de veinte por quince fue la única superficie de la casa que no se ahumó aquel día.

 

(Relato para el concurso de Zenda sobre Historias con orgullo #historiasconorgullo).

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