De monedas y billetes pequeños

Cuando entré en casa, Thor se abalanzó sobre mí hasta casi hacerme caer. Olía a cerrado y sonaba Fly me to the moon de fondo.

—Ya estoy aquí, ¿no has sacado a Thor? —pregunté, algo sofocada, mientras encendía la luz de la cocina con el codo.

—¡Hola, peque! —gritó Nando en el salón—. ¡Ven, tienes que ver esto!

Thor olisqueaba las bolsas, aunque no había traído sus galletas; aquella semana el ascensor estaba averiado y teníamos que dosificar el peso en cada visita al súper. Dejé la compra sobre la mesa, tiré a la basura las cuatro latas de cerveza vacías que encontré en el fregadero y abrí la nevera en busca de una para mí. Recuerdo que eché de menos cuestionarme si el interior estaría iluminado todo el rato, como cuando era pequeña y creía que el mundo giraba alrededor mío. Decidí tomarme la cerveza antes de guardar las cosas.

—Mira el email que me han mandado, peque —me soltó Nando tan pronto aparecí por el salón. Él estaba en calzoncillos y nuestra relación, en esa fase en la que ya no buscábamos impresionarnos—. ¿A que esta tortuga es clavadita a Chenoa?

—Claro —concedí—. He traído tu champú anticaída.

—Gracias… ¡es que son iguales!

Yo sabía que a Nando siempre le había gustado Chenoa, pero resultó extraño que empezase a subir su mano por mi muslo mientras media pantalla mostraba el primer plano de un reptil. Un “ahora no me apetece” más tarde, me alejé del ordenador, de Nando, y comencé a juguetear con nuestra hucha de los viajes. Aquel cerdito de cerámica azul que compramos en el chino. Se escuchó el ajetreo de monedas superpuesto al de Thor arañando la puerta de la entrada.

—Hoy he metido otros cinco euros —dijo él, sin volverse, al adivinar lo que estaba pensando—. A este ritmo, en unos pocos meses tendremos bastante para el vuelo.

Había prometido lo mismo unos pocos meses atrás.

—Y he encontrado un hotel muy bien situado —continuó—. Tiene 79 puntos y cancelación gratuita.

Entonces dejé la hucha en su sitio y miré la pantalla. Ya no quedaba ni rastro de Chenoa, ni de la tortuga. Nando había ampliado una ventana y el póster del Empire State sobre él, hacía que la escena fuese parecida a la de los probadores con espejos. La imagen se reproducía a escala. El póster, la foto del fondo de pantalla, la ventana emergente que ocupaba una cuarta parte del monitor: todo allí era Nueva York. Me recordó a esas palabras que, de tanto repetirse, dejan de tener sentido.

Thor seguía arañando la puerta así que saqué la correa del armario y se la puse. Comenzó a calmarse. Murmuré “vuelvo en diez minutos”, cerré la puerta y empecé a descontar escalones hasta el portal. En el camino caí en la cuenta de que la merluza estaría descongelándose dentro de la bolsa, que nunca habíamos roto ninguna hucha juntos.

Que su nombre sonaba a gerundio.

Nando, Nando, Nandonandonandonando

 

(Relato clasificado en tercera posición de la final de campeones del certamen #DoReMicrosViajero de Me suenan tus letras. Tema: VIAJES)

Teoría de los seis grados de separación

Manuel, el carrocero, siempre desayuna ojeando la prensa deportiva. Su ídolo es un futbolista (de iniciales C.R.) cuyo nombre no desvelaré por motivos legales. Manuel, como es obvio, sí conoce la identidad de esta estrella portuguesa, aunque ignora que solamente seis eslabones lo separan de su adorado tótem.

Y es que, desde hace unas semanas, Manuel frecuenta el bar de Xin, que maltrata el castellano y no da conversación, pero cobra el café a ochenta céntimos. Lo que Xin sacrifica en cafés lo compensa con la tragaperras, que promete un premio de mil euros y en la que Ahmed se deja las tardes. Luego, cuando Ahmed sale del bar, se encuentra en el parque con Andrea y comparten pitillos. Están empezando a gustarse.

Andrea pone copas en una discoteca de ambiente del barrio. Uno de los clientes habituales es Marco, un joven italiano con aspiraciones de actor que bebe burbon-cola. Marco suele conversar con Merche cuando dan las luces y no tiene con quien irse a su piso compartido. Ella lo ve como a un hijo y, mientras friega la pista de baile y echa a algún rezagado, lo anima a seguir presentándose a los “castings esos”. Merche preferiría no tener que pelearse con los chavales a esas horas, pero no le queda otra. Acaba en la discoteca a las nueve y luego coge la línea 561, porque, de diez de la mañana a seis de la tarde, limpia en el chalet de… bueno, ya se lo imaginan.

(Mi participación en la PRIMAVERA DE MICRORRELATOS INDIGNADOS 2017, cuyo tema este año es: Las desigualdades económicas y sociales. Convocatoria promovida por Miguel Torija, desde su blog LA COLINA NARANJA.)

Gananciales

Hoy he vuelto a caer en una web de contactos en la que me di de alta hace años —una noche de copas y repentino pánico a morir solo— y que olvidé a la mañana siguiente. Ha sucedido tras pinchar en un banner y recuperar la contraseña; entonces una tal Andrea26 ha aparecido en una ventana emergente, enfurecida, y me ha recriminado que si me parece normal regresar así, como si nada. Para colmo, le ha sentado fatal que preguntase por el nombre de los niños.

En resumen: los cuatro se mudan a casa mañana y yo, a un hotel.

 

(Relato finalista del concurso Wonderland de RNE).