Inocentes

El alcalde Garland sospecha de Harry, el sheriff, quien, a su vez, lo hace del doctor Lawrence, el psiquiatra. Este, bloc de notas en mano, escucha con recelo las historias de Norma, la propietaria de la cafetería donde todo el mundo se mira de reojo cada tarde. Yo suelo pedir un café doble y disfruto de la música mientras pienso en Laura, en sus últimas palabras. Y, de vez en cuando, también miro a los lados de la barra; escruto al resto y pongo cara de no saber quién es el asesino.

 

(Relato clasificado en tercer lugar de la primera edición del concurso Relatos en serie de la Cadena Ser. Serie: Twin Peaks).

 

Chivo expiatorio

Sacamos la figura de la sacristía de noche, aprovechando que Fran era monaguillo y había escamoteado un juego de llaves. La transportamos en la parte trasera de la furgoneta del padre de Roque y llegamos a la nave de trigo abandonada cuando ya amanecía. Tras apoyarla contra la tapia, observamos aquella escultura fuera de la iglesia por primera vez en nuestra vida: la corona de espinas, las llagas que parecían sangrar de verdad y los ojos tristes que nos miraban desde lo alto. Esos que todo lo veían. Marcos, situado a mi lado, siempre era el más valiente y fue el primero en tomar un canto del suelo. Dijo que lo había visto hacer en una película, en un cine de barrio de Barcelona, y el resto lo imitamos. Como un pelotón de fusilamiento, elevamos cada uno nuestro brazo más desarrollado, empuñando la piedra con la mano que sofocaba los bofetones de nuestras madres. Esa misma mano impía con la que pecábamos.

 

(Microrrelato que llegó a las deliberaciones finales en la categoría en castellano de la convocatoria de abril de la Microbiblioteca).

 

Marido de seda

Ya voy, contestaba, solícito, cuando le pedía que bajase a por el pan los domingos. Ya voy, me susurraba si, de noche, tenía antojo de helado de pistacho y no quedaba. Ya voy, insistía, y giraba como un molinillo, aunque yo no dijese nada. Ya voy, fueron sus últimas palabras antes de terminar de ovillarse sobre sí mismo. Al principio pensé que había otra, que tanta vuelta no era normal, hasta que descubrí que era yo quien tiraba del hilo. Ahora, al menos, la madeja en la que se ha convertido me servirá para hacerle unos patucos al niño.

 

(Relato presentado al concurso Relatos en Cadena de la Cadena Ser, semana 27).

Grandes esperanzas

Amelia se había fabricado aquellas enormes alas con todo lo que pudo escamotear del trastero. Unió las tapas de los libros de viaje que sus padres guardaban en cajas con restos de veletas y mapas antiguos hasta que la estructura fue lo bastante resistente para batirlas sin que se deformasen. Entonces, decidida, se encaramó al alfeizar de la buhardilla y miró al cielo, apuntando hacia sus sueños antes de saltar. Su madre, alertada por lo vecinos, llegó demasiado tarde para evitarlo; solo pudo ver cómo su pequeña se alejaba de la residencia de los Earhart sobrevolando el océano de espigas.

 

(Relato finalista del concurso Wonderland de RNE).