Ícaro

Sólo le quedaba un cigarrillo que empezaba a pintar de carmín. Sentada en un escorzo pelirrojo sobre su taburete, Estela alimentaba el bar de humo y posibilidades mientras nosotros la observábamos sin atrevernos a dirigirle la palabra. Aquello era querer volar muy alto aunque sabíamos que, al acabar la cajetilla, desencajaría sus curvas de nuestras pupilas para desaparecer de allí, como cada sábado. Así que reuní algunos centilitros más de güisqui en el estómago, abotoné mi coraje y me acerqué. Demasiado, sin duda, a ella y a su mechero.

(Relato presentado al concurso Relatos en Cadena de la Cadena Ser, semana 23).

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