Teoría de la relatividad

Los cien metros que Jesse Owens recorrió en poco más de diez segundos en Berlín, o los ciento setenta y tres centímetros que medía Adolf Hitler, todo ello es relativo, hijo. Y humano. Desde aquel primer paso en una cueva hace miles de años hasta una detonación en el aire, a seiscientos metros sobre Hiroshima. Y sé que ahora unos kilómetros pueden parecer infinitos a tus ojos, pero son ridículos si se comparan en longitud con la Gran Muralla China. Por eso, mañana, cuando la contemplemos desde el otro lado, esta misma valla te parecerá más corta, y baja. Seguro.

 

(Relato finalista del concurso Wonderland de RNE).

La extraña pareja

—Parece que empieza a chispear, ¿cómo vamos con la lista?

—Ya tenemos a bordo la pareja de jirafas, los chimpancés y los dos últimos pandas. También hemos subido, a duras penas, a los elefantes y los hemos colocado en los extremos del arca, para equilibrar. Además hemos decidido añadir un par de nutrias porque las riadas podrían acabar con ellas.

—Cierto, bien pensado. ¿Y qué hay de las especies raras?

—La verdad es nos costó bastante encontrar a los ornitorrincos, y hemos localizado a uno de los dinosaurios. Pero del otro, ni rastro. Y pasa lo mismo con los microrrelatistas.

(Relato finalista del concurso Wonderland de RNE).

Ícaro

Sólo le quedaba un cigarrillo que empezaba a pintar de carmín. Sentada en un escorzo pelirrojo sobre su taburete, Estela alimentaba el bar de humo y posibilidades mientras nosotros la observábamos sin atrevernos a dirigirle la palabra. Aquello era querer volar muy alto aunque sabíamos que, al acabar la cajetilla, desencajaría sus curvas de nuestras pupilas para desaparecer de allí, como cada sábado. Así que reuní algunos centilitros más de güisqui en el estómago, abotoné mi coraje y me acerqué. Demasiado, sin duda, a ella y a su mechero.

(Relato presentado al concurso Relatos en Cadena de la Cadena Ser, semana 23).

Vivienda a doble altura

La neblina de tecnicismos viciaba el aire de la sala. “Superficie útil” y “bienes gananciales” iban limándole terreno al acuerdo de divorcio. Su abogado afirmaba que aquel peldaño era de subida y el mío, de bajada, y ambos bandos amenazamos con la retirada hasta que, a regañadientes, pactamos enterrarlo con el nuevo tabique. Tras negociar el ancho que dividiría nuestras vidas a partir de entonces, las conclusiones se escarcharon sobre el documento, y éste, a su vez, se dispuso perfectamente centrado en el eje de simetría de la mesa. Así pudimos firmarlo sin tener que abandonar cada uno nuestro lado.

(Relato finalista del concurso Wonderland de RNE).