Piel de terciopelo

Cuando Marta regresa al apartamento, de buena mañana, ahoga los besos en el fregadero, se despoja de los restos de neón adheridos a su peluca y clava los zapatos junto al espejo. Entonces comienza a tirar del pliegue escondido bajo la nuca y, poco a poco, la piel de un solo uso, las pestañas extralargas y el vestido de encaje se desprenden de su cuerpo con silente rutina. Ya más ligera, limpia de billetes y curvas, observa el reflejo antes de irse a dormir, aunque sabe que la niña, al otro lado, no le aguantará la mirada por mucho tiempo.

 

(Relato finalista del concurso Wonderland de RNE).

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Paneles comunicantes

Ha encontrado un nuevo trabajo, para tres semanas. De repartidor. Les mandará algo de dinero, un poco más que la última vez. Yuri ríe cuando su padre le cuenta una historia del bar aunque ya se la sabe. Casi siempre es la misma.

Alisha está prometida. Él es de buena familia y la boda, en dos meses. Raqesh asiente, con la frente apoyada en el cristal de la cabina. Que quizá pueda ir, miente.

Freddy sujeta el teléfono con una mano mientras que la otra, bajo el pantalón, se mueve rítmicamente.

Llega el veinticuatro a Dakar y se quedará hasta el día uno. Son las vacaciones de Navidad aquí, mamá, explica Aminata.

El auricular escupe el ruido del tráfico en Changzhóu. La tercera vez que él se lo repita, ella le responderá que todo va bien.

Danilo reparte una seguidilla de sonoros besos y cuelga, con cuidado, cuando escucha el pitido.

Manuel comprueba que Danilo ya ha acabado: siete minutos, quince segundos a Ecuador. Sabe que pasará un buen rato hasta que salga, se ajuste la gorra, el decoro y pregunte cuánto es.

 

(Relato seleccionado en la convocatoria bimensual de Esta noche te cuento. Tema: Emigrantes)

Efectos de sala

Matías escucha el eco de los cascos de los caballos, un tiroteo entre bandas o una tormenta, los sonidos que él creaba hace décadas en el estudio mientras los actores leían sus textos. Los recuerda ahora que la máquina de contar latidos suena de fondo y, a lo lejos, varios zuecos de plástico se acercan a su habitación. En silencio, ve cómo las enfermeras entran con nuevos aparatos y espera hasta estar seguro de que cuenta con su atención. Entonces, separa la máscara de oxigeno y, con todo el oficio que le queda, emite un largo pitido para asustarlas.

(Relato mencionada en el IV Concurso de microrrelatos Realidad Ilusoria)