El encargo

El lápiz con el que ella cada mañana se lo dibujaba, a carboncillo, se había convertido en una extremidad más para Amaia. Desde que cesó el bombardeo, aprovechaba la hora de las musas, la del primer café, para retratar su pueblo y mostrárselo a Pablo tal y como lo recordaba. El frontón, la estación de ferrocarril, el mercado de los lunes, todo parecía cobrar vida de nuevo en aquellos cuadernos. Pero sus intentos fueron inútiles. Frente al lienzo en blanco, él comenzó a trazar la figura del niño, inerte, que Amaia sostenía en brazos. Después continuó con ella, con sus ojos que, convertidos en lágrimas, caían sobre las cenizas de Guernica.

(Ilustración de Eduardo González Clemente. Relato presentado al concurso Relatos en Cadena de la Cadena Ser, semana 2).

 

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Clic

Cuando me mudé al apartamento, enseguida me di cuenta de que la bombilla del baño parpadeaba. A los pocos días se fundió y opté por cambiarla por una de bajo consumo pero se apagó al cabo de unos minutos. Pensé que era el casquillo el que estaba estropeado hasta que el resto de las lámparas de la casa también empezaron a fallar, una tras otra. Luego fue la tele la que dejó de emitir, más tarde la radio enmudeció y el sol, simplemente, no ha vuelto a aparecer.

Los vecinos empezamos a reunirnos en el descansillo a la luz de las velas para averiguar qué estaba pasando. También combatíamos el aburrimiento contándonos cómo eran nuestras vidas cuando todavía existían los días. Y así es como conocí a Marta y a su perro guía, Dalton. Se había instalado poco antes del apagón. Ella nos enseñó a orientarnos en la oscuridad, y yo, con la excusa de mi torpeza, la visitaba siempre que podía. Desde entonces compartimos paseos por el parque y, a veces, nos quedamos muy quietos mientras escuchamos las hojas mecidas por el viento.

Con su ayuda he aprendido a orientarme por el edificio totalmente a oscuras. Me lo sé de memoria. Por eso me sorprendí cuando descubrí aquel interruptor en el portal, junto a la garita del Agustín. Lo pulsé sin convicción alguna, como el que aprieta el gatillo sabiendo que no quedan balas en el cargador. Pero de pronto todo se iluminó; las farolas, los escaparates, incluso el cielo empezó a tornarse de un ligero tono naranja. Cuando mis ojos se acostumbraron a aquella repentina claridad, pude ver como Marta bajaba con Dalton el último tramo de escaleras. Entonces, volví a pulsar el interruptor. También me sé su rostro de memoria.

 

(Relato ganador del primer concurso #DoReMicrosViajero de Me suenan tus letras. Tema: APAGÓN)

Pushkin vs. Pushkin

Desacordes

Un señor con levita que se parece a Pushkin, es el reflejo que le devuelve el escaparate; sorprendido, se gira para observar los efectos del paso del tiempo, “quién te ha visto y quién te ve”. Todavía con la honra magullada, recoge los restos de su violín en el macuto y examina las heridas de Amadeus, el pobre animal se ha llevado las patadas más certeras al intentar defenderle de esos rapados. Tras el parte de daños, caminan torpemente hasta su esquina de Postas con San Cristóbal para presenciar cómo la ciudad amanece; y respira aliviado, vuelven a ser invisibles.

 

Postdata

Un señor con levita que se parece a Pushkin, eso es lo que pensé la primera vez que le vi, ¡qué memoria la mía! Espero que sea suficiente para hacerte una idea porque el nombre es imposible de recordar (suena extranjero y aburrido). Tu padre dice que no pasará de la luna de miel, el caballero en cuestión es de salud un tanto huidiza, como nos pediste.

 

(Ambos relatos fueron seleccionados para la final semanal nº6 de 2015 del concurso Relatos en cadena de la Cadena Ser. Y, claro, sólo podía quedar uno. Desacordes resultó finalmente ganador de la semana).